Juan Hugo

Capitalismo y modernización en Oaxaca

 

Juan Hugo Sánchez García

El Colegio de Michoacán

juanhugo12@hotmail.com

 

Reseña del libro de

Griselle J. Velasco Rodríguez,

Capitalismo y modernización en Oaxaca.

La industria textil durante la reforma y el porfiriato, México, Instituto Politécnico Nacional, 2011, 481 p.

 

La industria textil en México ha llamado la atención de los estudiosos debido a su desarrollo temprano. Entre finales del siglo xviii y finales del xix, ese sector manufacturero no solamente creció, sino que también fue el que más rápidamente se modernizó aprovechando las ventajas tecnológicas e institucionales generadas durante el porfiriato. En este sentido la fábrica textil es, quizá, la más viva expresión de la industrialización mexicana. La historiografía gira preponderantemente en torno de espacios emblemáticos como Orizaba y Puebla, y de la historia social de la clase obrera del ramo textil. Los resultados de tales investigaciones han mostrado la necesidad de profundizar y ampliar el estudio a otros lugares del país.

Griselle Velasco Rodríguez sostiene la hipótesis de que “por sus características científicas y tecnológicas, la industria textil fue por sí misma la representación del proceso de modernización en el estado de Oaxaca” durante el siglo xix, lo cual permitió a la entidad sureña integrarse “a la economía mundo” (p. 27). Para demostrarlo, expone sus argumentos a lo largo de tres capítulos y un epílogo. El texto que se reseña es una versión mejorada de su tesis doctoral y representa una aportación importante, ya que aborda el tema de manera acuciosa y profunda.

El capítulo i está conformado por un amplio mosaico de temas a través de los cuales se ofrece al lector un panorama social, económico y político de Oaxaca durante el siglo xix. Destaca en primer lugar el crecimiento demográfico de la población rural, debido a una baja mortalidad y a una alta fecundidad. El incremento poblacional de algunas zonas también estuvo relacionado con el desarrollo de la agricultura comercial de tabaco, café, hule y algodón, como fue el caso del istmo de Tehuantepec, la cuenca del Papaloapan y la Cañada.

Otro elemento importante en este capítulo es el estudio de la migración extranjera. Autores como Carlos Sánchez Silva y Francie Chassen-López ya habían destacado el papel de los inmigrantes en la reconfiguración de las elites oaxaqueñas durante el siglo xix. Para Griselle Velasco, de hecho, “contribuyeron a formar una mentalidad capitalista” (p. 64). Enfocados en la agricultura comercial, se diferenciaron de la oligarquía tradicional de raigambre colonial, la cual tenía sus bases económicas en la agroganadería, el comercio y la minería. Sin embargo, al establecer alianzas matrimoniales y comerciales, los intereses dispersos se concentraron en un grupo de personas muy compacto, la oligarquía oaxaqueña.

También llama la atención el proceso de acumulación de la riqueza detrás de la inversión industrial textil durante el porfiriato. La autora considera que su origen debe buscarse en el comercio internacional de la grana cochinilla, fuente de riqueza para la región durante el periodo virreinal. Conforme el tinte animal dejó de generar ganancias durante el siglo xix, los monopolistas de la grana diversificaron sus actividades económicas en el comercio, la minería y la agricultura.

El capítulo ii es la parte más sólida e innovadora del libro. Allí se sostiene que la industria textil llegó a Oaxaca cuarenta años tarde en comparación con otras entidades del país. Las primeras dos fábricas, San José en San Agustín Etla, y Xía en la Sierra Juárez, fueron fundadas en 1873, y una más en 1883 (Vista Hermosa, también en San Agustín). Si bien es verdad que no figuraron en el panorama nacional, ya que otras entidades como Puebla, Jalisco, Veracruz o la ciudad de México concentraron la producción textil, también es verdad que su importancia debe ser vista en su entorno regional.

En este sentido, un tema a destacar es el análisis de las redes sociales construidas por los fundadores de las fábricas textiles, el español José Zorrilla (1829-1897) y el escocés Tomás Grandison (1815-1874). La autora reconstruyó veinticinco árboles genealógicos que muestran sus redes de parentesco y de amistades. La más extensa fue la de Zorrilla, quien llegó a Oaxaca al comenzar la década de los cuarenta; al casarse con una integrante de la familia Tejada, tendió sus lazos hacia Jamiltepec y Pinotepa Nacional. Por otra parte, Grandison llegó a México alrededor de 1833; en algún momento comenzó a trabajar en la fábrica textil de Cocolapan en Orizaba, Veracruz. Aunque fue en ese lugar donde desarrolló la mayoría de sus actividades económicas, sociales y políticas, participó eventualmente en el comercio y la minería oaxaqueña, lo cual le convenció para invertir en la industria textil hacía la década de los setenta.

La pretensión de Grandison de crear una fábrica textil en Oaxaca trastocó sensiblemente el mecanismo para acumular riquezas en ese ramo, del cual participaba ya la familia Zorrilla. Se trataba de lo que Carlos Sánchez Silva definió como la explotación indirecta de la mano de obra indígena a través del acaparamiento de la producción artesanal de telas de manta de algodón. Ante el riesgo de perder esa fuente de ingresos, José Zorrilla concertó una alianza con los recién llegados, ofreciendo su conocimiento del comercio oaxaqueño, sus buenas relaciones políticas y su capacidad para monopolizar la producción algodonera de la costa a cambio del “conocimiento tecnológico y experiencia en la importación y compra de maquinaria inglesa” que Grandison tenía (p. 285). Así se concretó una alianza que permitió la concentración de la producción de manta en el valle de Etla y la Sierra Juárez.

Las fábricas textiles también impactaron su entorno físico y social. En primer lugar porque la arquitectura de sus edificios (fábrica, iglesia, casas para los trabajadores y escuelas para sus hijos), así como las obras hidráulicas realizadas para generar la fuerza motriz, modificaron el paisaje de San Agustín Etla y Xía, en la sierra. En segundo lugar, debido a que la dinámica laboral de las fábricas permitió a muchos residentes continuar trabajando la tierra mientras participaban también como operarios o sirvientes, con lo que surge “la figura del campesino-artesano” (p. 350).

El desenlace de la historia de las fábricas textiles oaxaqueñas es narrado en el capítulo iii y en el epílogo, en el contexto de la Revolución mexicana. Como en otros lugares, la violencia de grupos armados, la interrupción de las vías de comunicación y la merma de las actividades mercantiles afectaron la vida de las fábricas. Xía fue abandonada desde 1912 e incendiada en 1916, lo cual marcó su cierre definitivo. San José y Vista Hermosa sufrieron desabasto de algodón y sabotajes por parte de grupos rebeldes de la Sierra Juárez, pero lograron sobrevivir. El embate más duro vino a partir de la llegada de Manuel García Vigil a la gubernatura del estado, en 1920. Sus acciones como gobernador se dirigieron a sanear las finanzas públicas, con lo que afectó viejos privilegios fiscales otorgados a los empresarios textiles, cuyos descendientes recurrieron al poder judicial para evitar el pago de impuestos y el embargo de sus bienes. Sólo la mala fortuna de García Vigil mejoró el panorama para los Zorrilla: la decisión de aquél de apoyar la rebelión de Adolfo de la Huerta por la sucesión presidencial de 1924 desembocó en su persecución política, apoyada y alentada por la oligarquía oaxaqueña.

Capitalismo y modernización en Oaxaca, como se puede apreciar, ofrece una mirada interesante sobre el desarrollo de la industria textil ahí, un tema realmente inédito a pesar de su importancia para la modernización de Oaxaca. Sus planteamientos en torno a la reconstitución de la elite oaxaqueña a partir de la llegada de personajes extranjeros fortalece la historiografía existente para ese tema. De igual manera, el libro refuerza las ideas esgrimidas por otros autores sobre una mecanización textil basada en capitales particulares acumulados en México y desde el comercio, pero al mismo tiempo muestra cómo una actividad económica regional, la exportación de la grana cochinilla, fue determinante para las inversiones realizadas a finales del siglo xix.

Vale la pena destacar que el libro de Griselle Velasco muestra cómo las redes sociales fueron el fundamento de muchas actividades empresariales durante el siglo xix, ya que reducían los costos de transacción e información, así como los riesgos y las incertidumbres ante la falta o debilidad de marcos institucionales. La construcción de dichas redes requería de un líder con inteligencia, amplitud de miras y contactos sociales para adquirir información a bajo costo, papel desempeñado en Oaxaca, sin duda, por José Zorrilla. En este sentido debe considerarse como una aportación importante el vasto trabajo que la autora realizó para construir las redes sociales de los fundadores de las fábricas textiles. No cabe duda que brinda materia prima valiosísima que facilitará el trabajo de otros investigadores interesados en las elites oaxaqueñas.

A pesar de lo anterior, es necesario precisar algunas debilidades del libro. Por una parte, en relación con su organización, si bien es un texto amplio de 481 páginas, la distribución de los capítulos es desigual. Tan sólo el primero tiene casi 200 páginas, tres apartados y 117 sub apartados, lo cual dificulta mucho su lectura. Aunque se entiende que la intención del capítulo es trazar un panorama general de los aspectos económicos, políticos y sociales de Oaxaca, el objetivo se pierde ante la variedad de temas que aborda somera y descriptivamente. Así, por ejemplo, mientras que el relato sobre la estructura administrativa y de control político es amplio, no se abunda sobre el papel de los gobiernos estatales y municipales en la promoción del cultivo del algodón; aunque se describe el papel de las aduanas en el comercio internacional y el establecimiento del impuesto estatal sobre usos en 1882, nada se dice sobre el papel de las alcabalas dentro de la entidad y su relación con la exportación o importación del algodón, como tampoco se dice nada acerca las negociaciones entre el gobierno y los dueños de la fábricas respecto del impuesto sobre ventas establecido en la ley de Hacienda de 1896 y que debe haber afectado seriamente a las fábricas textiles.

En contraste con el capítulo i, el capítulo iii tiene solamente veintisiete páginas, y narra de forma apresurada el declive de las fábricas textiles en el contexto de la Revolución. Aunque el epílogo también abunda sobre el periodo revolucionario, se echa de menos una mayor profundidad en el análisis del devenir de las fábricas durante ese periodo.

Por otra parte, es evidente que Griselle Velasco se ocupa sobre todo de los miembros de la élite oaxaqueña relacionados con la industria textil, y por lo tanto llama la atención cierta indefinición en los términos que la autora utiliza para referirse a ellos. Rara vez acude al concepto de elite, tal vez por la generalidad que implica. En cambio, se inclina por utilizar alternativamente los conceptos de oligarquía y burguesía. Considero que el primero es importante para el libro, porque se refiere a la acumulación de riqueza y poder en un grupo muy reducido de personas, basada en la construcción de redes sociales a partir de la familia o el parentesco, elementos evidentes en la conformación de la “oligarquía textil” oaxaqueña. Entiendo la utilización del concepto de burguesía; después de todo, el burgués es considerado el elemento dinámico, por su carácter creativo y emprendedor, de la economía moderna, y su triunfo se ubica especialmente en el siglo xix. Es tentador, por lo tanto, pensar que los fundadores de las fábricas textiles oaxaqueñas caben dentro de la definición. Sin embargo, es posible que el concepto no cuadre del todo con la realidad debido a dos elementos a considerar. En primer lugar, aunque no se puede negar la personalidad emprendedora de José Zorrilla, como lo demuestra su actividad empresarial, su participación en la industria textil fue forzada por la llegada de Tomás Grandison a Oaxaca; después de todo, desde la década de los sesenta ya se señalaba la necesidad de invertir en el ramo textil debido a la dependencia de Puebla y Orizaba. Sin embargo, para los Zorrilla era mejor mantener la costumbre de explotar la mano de obra indígena que arriesgarse en una empresa compleja. En segundo lugar, debe considerarse que las bases económicas de la “oligarquía textil” eran diversas, pero sobre todo, que se mantenían cimentadas de forma importante en la posesión de la tierra; tanto los Zorrilla como los Trápaga eran dueños de varias haciendas en los valles centrales e invirtieron de manera destacada en la producción de algodón en la costa y, al igual que Jacobo L. Grandison, en las fincas cafetaleras de Pochutla y Choapam.

No obstante estas observaciones, es necesario recalcar que la lectura de la obra de Griselle Velasco Rodríguez vale la pena y es obligatoria para quienes estén interesados en el proceso de modernización en Oaxaca.  

 

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